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La violencia intrafamiliar no es cuestión de género

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Pareciera ser invisible que también los hombres son agredidos al interior del hogar; prevalece la falta de cultura de la denuncia, pero sobretodo el miedo a ser objeto de burlas

Isela Ibarra/EDG

Rodrigo es un hombre joven de 31 años, trabaja como asistente en una dependencia de Gobierno, es licenciado en Administración Pública, casi nunca tiene tiempo libre, pero si hay un espacio para él mejor lo ocupa en las tareas del hogar, es un padre “ejemplar”, de su casa al trabajo y del trabajo a su casa; no fuma, no bebe alcohol, no se va de parranda, no visita a sus padres, ni a sus hermanos, no tiene amigos y no puede hacer nada si no se lo autoriza Elisa, “su mujer”.

Hace cuatro años conoció a su actual pareja, eran compañeros de trabajo, ella es seis años mayor que Rodrigo, tienen un bebé de ocho meses de edad. Quienes conocen a Elisa la califican como una mujer brillante, inteligente, preparada y dominante, también trabaja en la función pública.

Al principio (hace cuatro años) todo era bueno y diferente, él venía de una relación donde duró nueve años con Karla, su ex novia, la rutina y costumbre por el tiempo que llevaba la relación, la inexperiencia de ambos, las aspiraciones individuales y nuevos círculos de amigos terminaron con aquella joven pareja. Elisa para entonces, era una mujer con experiencia suficiente y bastante madurez emocional, no se enganchaba tan fácil, sin embargo algo sucedió y decidió darse una oportunidad.

La nueva feliz pareja no reparaba en mostrar su afecto en público, en un principio todo era “miel sobre hojuelas”, -“los primeros meses fueron los mejores”- señaló Rodrigo. Algo sucedió que aquella relación tan perfecta, tan ideal, poco a poco se tornó destructiva, posesiva y violenta.

Algunos días Rodrigo reunía el valor suficiente para agarrar sus cosas e irse lo más lejos posible, aunque ama a su hijo, muchas veces reconoció el calvario de vivir así; ¿así como? -pregunté la noche del jueves de la semana pasada-, “así, en un infierno, donde no sé si voy a amanecer vivo, donde no sé si me va a echar de la casa, donde no sé si me va a golpear, a gritar o donde se burlará de mí, donde me preguntará si en verdad creo que ese niño es mi hijo; tengo miedo”- dijo tembloroso, nervioso y con una profunda mirada perdida.

Ya no hay un número para las veces que ella lo ha corrido de la casa, tampoco hay un conteo para las ocasiones que lo ha agredido física, verbal y psicológicamente, si ella decide lo castiga sexualmente, (es decir, le prohíbe cualquier intento de contacto físico-sexual, incluidos desde luego, los besos y abrazos… sólo el tiempo que Elisa cree es necesario).

Hace más de dos años que Rodrigo no ve un solo peso de su sueldo, ella conserva la tarjeta de nómina y sólo le da lo suficiente para que se mueva al trabajo ya sea en camión o si bien le va en el auto, también ella supervisa las llamadas y los mensajes del celular, no le permite tener redes sociales, ni mayor contacto con alguno de sus amigos de la juventud… ¡prohibido hablar con otras mujeres!.

¡Ya no aguanto!… no sé qué hacer, -dijo con voz entrecortada al borde del llanto-… -¿Y si mejor me mato?, así ya no podría depender de ella-. Hace varios meses no veo a mi familia, me dijeron que yo podría ir cada que quisiera, siempre y cuando no fuera ella, me quedé sin amigos porque ella los ofendía; según eso porque me sonsacaban, -¡está loca!-.

“En la última discusión, me armé de valor para decirle lo que pienso y cómo me siento, la deje que me insultara como siempre, cuando me iba a golpear a puño cerrado, jalarme del cabello y rasguñarme como siempre, la tome de las muñecas y forcejeamos, ella soltó unas patadas y me gritó groserías más fuertes, amenazó con llamar a la policía y acusarme de maltrato y de querer golpearla, la solté y ella a mi… silenciosa se fue a la recamara, me quedé en la sala, minutos después salió ella con mi ropa al patio, pensé que la echaría en una bolsa para la basura y me pediría que me fuera, pasaron unos minutos y no dijo nada, la vi cruzar del baño al patio… no podía creer lo que estaba viendo, sacó mi ropa, la empapó con alcohol y le prendió fuego; mientras le reclamaba y le decía que estaba loca y trataba de rescatar algunas prendas, salió de casa… fue hasta mi carro y con un palo le quebró los vidrios, los vecinos llamaron a la policía y ese día por primera vez reuní el suficiente coraje para irme”.

Rodrigo se reconoció como =víctima de violencia intrafamiliar=, su ruptura con Elisa parecía ir en serio, para ese entonces se había mudado con sus padres, había acudido al psicólogo, quien le anticipó que esa relación era dependiente, destructiva y debía de atenderse con urgencia, estaba seguro de no querer regresar, parecía que había avanzado casi lo suficiente.

Durante este aparente progreso, el comenzó a recibir mensajes de ella, mensajes dulces y románticos como cuando comenzaron a salir, le pedía regresar, otra oportunidad, quedaron de verse, era mucho lo que él la extrañaba y más lo que la necesitaba, lo convenció.

Aparentemente todo marchaba bien, ella era amorosa, dulce y dedicada, Rodrigo había conseguido un poco de independencia, sin embargo, eso duro poco. Pronto ella comenzó a demostrar su amor celándolo y generando comentarios negativos y denotando propiedad, -no quiero que le hables a las mujeres de tu trabajo, si te celo es porque eres mío y te amo, eres mío y de nadie más, nada más a mí me interesas… ¿entendiste?-. La historia se repitió.

Rodrigo al igual que muchos hombres jamás se atrevió a denunciar, principalmente porque no quería que se burlaran de él, después por miedo; ¿qué tal que después le iba peor?, pocas veces había platicado con alguien y cuando lo hacía se sentía avergonzado de ser “poco hombre” y no defenderse.

Se estima que de cada 100 llamadas que recibe la corporación municipal de la policía de Guadalajara para solicitar algún servicio por violencia intrafamiliar, son entre una y dos en las que el hombre es el solicitante; para dar paso y proceder a la denuncia en la Fiscalía General del Estado los números se mantienen.

En una encuesta realizada a 100 personas (hombres y mujeres), entre los 25 y 45 años de edad, habitantes del municipio de Guadalajara, donde se les preguntó ¿por qué los hombres no denuncian cuando son víctimas de violencia intrafamiliar?, los resultados que arrojaron las principales respuestas fueron:

a) No denuncian por que se van a burlar de ellos (43%)
b) Porque los van a señalar de “poco hombre” al no defenderse (27%)
c) Por miedo a que después les vaya peor (18%)
d) Porque no creen en la justicia o no quieren ver en la cárcel a su mujer/ se podrían arrepentir de denunciar (9%)
e) Otros (3%)

Lo cierto es que las instituciones de gobierno municipales y estatales, poco han hecho para generar proyectos que incentiven a la reducción de violencia de género al interior del hogar, tampoco se ha reflejado un proyecto integral que permita observar con dedicación el fenómeno de violencia cuando los varones la padecen, pues en automático parece invisibilizarse principalmente por el machismo colectivo, y en un segundo plano, por la falta de cultura de denuncia.

La desigualdad también se padece en la violencia de género con los hombres, en este caso la teoría del “sexo débil” imposibilita la correcta impartición de justicia.

Actualmente, Rodrigo sigue su relación con Elisa, ninguno de los dos se ha atendido para resolver el problema de violencia, ella no se reconoce como agresora, él, aunque se reconoció como víctima, al volver abandonó el tratamiento psicológico, continúan como siempre.

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