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Alex Aguilar: La difícil misión de dar seguridad al centro de la CDMX

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Fabio Mendoza EDG

Estando en activo, le tocó la nada fácil tarea de encargarse de la seguridad del centro de la Ciudad de México, que llegó a ser considerada la zona más peligrosa de la megalópolis.

Ya retirado, tras una carrera de 33 años en la policía, el comandante Alejandro Delgado Aguilar, o simplemente Alex Aguilar, “El Gato”, platicó con El Diario de Guadalajara sobre sus experiencias en la parte operativa de la seguridad pública capitalina.

Recibió entrenamiento especializado en el FBI, la DEA, en Israel, Venezuela, Ecuador y Francia, y luego de más de tres décadas se retiró el 1 de julio de 2018.

“Me retiré como primer inspector, ese es mi grado, pero usaba el grado de segundo superintendente. Era inspector general de la Zona Centro de la Ciudad de México”, explica.

Su sobrenombre, “El Gato”, no viene de su agilidad atlética (que la tiene, al ser avezado deportista desde joven, integrante del Pentatlón Militarizado y amante de hacer deportes), si no de una vocación errada que tuvo en sus primeros años: comenta que por llevar la contraria a las decisiones de su padre, quien no quería fuera médico, antes de entrar a la policía capitalina optó por meterse a un seminario. Ello no le ganó la reprobación, si no la aceptación de su papá, pero por otro lado se dio cuenta que no era lo suyo y se salió, pero antes le pusieron “El Gato” no por sus ojos verdes, si no porque pasaba mucho tiempo en la azotea del seminario.

Pero fue el Subsecretario de Seguridad Pública Gabriel Regino quien hizo popular su sobrenombre, que lo acompaña hasta ahora.

Cuestionado sobre la actual situación del centro de la CDMX, invadido como está por el narcotráfico de Unión Tepito y otros cárteles, opina que la situación la dejaron crecer y que se improvisan mandos para atender ese problema: “Yo digo que no es lo mismo ser policía de carrera que ser un policía a la carrera. Por muchos grados que les pongan a los nuevos jefes eso no les va a dar la experiencia, porque no se han tropezado con los problemas menores y menos ahora que tienen los problemas mayores, menos van a poder”.

Sobre Miguel Ángel Mancera, quien fue Jefe de Gobierno en la capital de 2012 a 2018, y quien siempre negó que hubiese narcotráfico en gran escala en el centro de la ciudad que gobernaba, Aguilar opina que el actual senador no tenía ni idea de seguridad pública: “No me queda la menor duda que si ha habido un Jefe de Gobierno que no tenía capacidad ni idea de que era eso era Miguel Ángel Mancera. Estuvo agregado en la Secretaría de seguridad Pública para que pudiera cobrar un sueldo decoroso; ahí lo tuvieron agregado sin hacer nada en el onceavo piso. Ya después, lo hicieron subprocurador y luego procurador, y recuerdo que teníamos reuniones con el Jefe de Gobierno y llegaba tarde, no le importaba… no tiene capacidad. Entonces, él no podía aceptar lo que a la vista de todos existía, porque era tanto como decir que era un inepto”.

Abunda sobre el mismo tema: “¿Qué pasó? Que a unos los dejaron crecer y a otros los reprimieron, o sea, el problema del narcomenudeo no es de cinco ni de diez años, es mayúsculo. El narcomenudeo creció de poquito a poquito y ya después se pusieron a pelear las plazas. El resultado de ahora es el pleito de las plazas de los que ya estaban con los que llegaron a querer ser, entonces por eso son cada vez más sangrientos, por eso matan niños, por eso matan mujeres, y esta última parte las feministas la agarran como bandera y dicen que: “son feminicidios, pobres mujeres”. No; pobre mujeres no: estaban bien metidas en el narcomenudeo y por eso las mataron y las descuartizaron; igual a los niños”.

Los niños, dice, andaban armados, eran sicarios y el narcotráfico los ocupa porque al ser menores de edad no son punibles y salen pronto de la detención, o no hay una sanción de cárcel fuerte. “Si ya tienen la capacidad de disparar un arma, también tienen la capacidad de purgar una condena por el delito de homicidio”, afirma tajante.

Sobre la pronta liberación de los delincuentes, que todo mundo atribuye a los jueces, apunta a que se debe en realidad a los ministerios públicos: “¿Por qué? Porque tú llevas tu remisión, te empiezan a poner peros para debilitar tu puesta a disposición (del delincuente) como policía; en lugar de preguntar: ‘A ver, policía, ¿estás bien?, lo primero que les dicen es ‘¿Le pegó el policía, lo privó de sus derechos?’. O sea, dándole armas al delincuente para que la puesta a disposición en dos patadas se vaya abajo”.

Por esas fallas de origen, los casos que llegan a los jueces son tan flojos que se ven obligados a soltar a los delincuentes. “Quien recibe las dádivas, o quien se beneficia, es el Ministerio Público”.

Señala que de ello se benefician también los abogados penalistas, pues aunque ese es su negocio no es ético sacar a delincuentes cuyos antecedentes indican que delinquirán de nuevo. Apunta que “vale la pena cuidarlos como personas, sí; pero como ciudadanos no valen la pena”.

Recapitulando sobre su carrera, recuerda cómo fueron sus inicios: “Cuando empezamos y aún no nos uniformaban, nos dijo un oficial, Efrén Díaz Solano, nos dijo: ‘De aquí van a salir los mandos de la Policía’. Yo me dije: ‘No, yo nomás vengo por un año’. Me metí a al policía por hacer enojar a mi papá, que no me quería dejar estudiar medicina. Por eso me metí a la policía, pero me gustó mucho. Yo tengo formación paramilitar; estuve muchos años en el Pentatlón, y ahí me formaron con valores y disciplina, amén de los valores y disciplina que mi propia familia me dio”.

Comenta que no le fue difícil encajar en la institución, y lo que era “una chamba” se convirtió en su profesión.

Los episodios difíciles los tuvo en abundancia durante sus años en activo, pero avisar a los familiares de policías sobre la muerte de su ser querido fue, sin duda, de lo más complicado: “Eso es muy difícil, no se lo deseo a nadie”.

Agrega que en el tiempo que fue rescatista en el Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas rescataron a un niño debajo de las ruedas de un tren que le amputó ambas piernas. “Tener que sacar al niño fue muy difícil, y lo triste es que el niño nos dice: ‘¿verdad que sí voy a poder jugar futbol, poli?’. Eso es muy triste. la satisfacción es el agradecimiento de la familia”.

De las anécdotas luminosas, comenta que con apenas tres días de haber ingresado como oficial estaba afuera de una escuela dañada por el sismo de 1985, que devastó la Ciudad de México, y un niño de unos seis años se dirigió a él: “De repente siento que me jalan el pantalón. Volteo y era un niño que me dijo: ‘¿Me pasas?’. Paré el tráfico (era policía, pero me pusieron a hacer vialidad), y lo atravesé, en Isabel la Católica y Roa Bárcenas, en la Colonia Obrera. Ya del otro lado de la calle, el niño se volteó, me dio la mano y me dijo: ‘Gracias, amigo policía’. Eso no lo paga nada”.

En otra ocasión, en el servicio a un incendio, al llegar encontró a otro infante de 5 años tirado en la banqueta y a quien nadie atendía porque lo daban por muerto. Le insistieron que lo dejara al comenzar él a darle reanimación cardiopulmonar. Aguilar se aferró a que el pequeño tenía oportunidad de vivir, y sus maniobras dieron resultado. Cuando el niño comenzó a toser se lo llevaron a un hospital, dejando a Alejandro con la satisfacción de haberlo salvado.

Dice que antes de ser Director General del centro había sido Director Operativo de la Zona centro de la Ciudad de México, misma que entregó en números verdes respecto a la seguridad pública: “¿Qué quiere decir esto? Con la incidencia delictiva baja, los delitos más graves como homicidio, lesiones, robo de vehículo, robo a transeúnte, robo de casa, violación, los tenía en números bajos en los trece sectores que o tenía. Los recibí unos en rojo, otros en amarillo, y los entregué en verde. Cuando me vuelven a llamar, me encuentro que el Centro está todo en rojo; los mandos que estuvieron después de mí no hicieron bien la tarea y lo pusieron en rojo. Lo dejé en amarillo y renuncié luego por motivos personales y por no estar de acuerdo con la manera en que se estaban manejando. No me espanto: yo sé que la corrupción es un fenómeno que se da en todos los niveles, pero se fijan más cuando pasa con un policía; pero el policía se lleva doscientos pesos y un político 200 millones. En cualquiera de los casos es corrupción”.

Al ser cuestionado sobre cómo lo recuerdan quienes trabajaron con él, cuenta que quienes tenía a su mando decían que “era un culero”, por ser recio y estricto a la hora de cumplir con los reglamentos, mismos que ponía en práctica desde él mismo y su equipo más cercano.

“No cumplían, sancionado. Y funcionó porque sabían que si no cumplían yo sancionaba. No hacía lo que otros, a los que les daban unos pesos y se hacían de la vista gorda… Me dicen: ‘Jefe, eras un culero, pero, ¿sabes qué? Tenías razón. La cagábamos, nos arrestabas, y no nos recibías dinero. Decías anden limpios, y tú andabas limpio; anden bien uniformados, y tú andabas bien uniformado’. Antes de yo arrestar a un elemento, primero checaba que mi chofer y mis escoltas anduvieran debidamente uniformados para tener calidad moral de llamarles la atención o de sancionarlos”.

Menciona que ahora los elementos en activo echan de menos a jefes como Aguilar. Quienes están dentro le dicen: “Estos son unos culeros, y además nos piden dinero”.

La constante en su carrera es que ha dejado buen recuerdo en todas las delegaciones (ahora alcaldías) de la Ciudad de México, las instituciones y el Agrupamiento Fuerza de Tarea (el grupo élite de la policía capitalina), éste último al que más cariño le tiene.

Comenta que, en los operativos, era él quien iba al frente para enfrentar a los delincuentes.

Cuestionado sobre la falta de mandos con carácter no sólo en la CDMX, si no en todo el país, donde la inseguridad rebasa a todas las policías y la impunidad de los delincuentes es la constante, recalca que se necesita gente que sepa mandar: “Hace falta mucha gente que tenga carácter, que tenga dignidad, que no se venda por veinte, cincuenta pesos. Todos tenemos necesidades, pero creo que la disciplina y la dignidad no se venden”.

La sociedad fomenta la corrupción que tanto se critica en funcionarios y policías, sostiene. Para que no hubiera tal cosa, la sociedad no debe querer salir de por medio de dinero.

Sobre su breve paso por un seminario y con la policía encuentra similitudes: “El sacerdocio es un servicio, y para unos es un negociazo; la policía es lo mismo: un servicio, y para algunos un negociazo”.

Reconoce que terminar una carrera policial que se extendió más de tres décadas es muy difícil, porque la salud y la familia son quienes pagan los costos de que esté en servicio. Las presiones de horario y de las relaciones familiares tienen poco espacio en la vida profesional, lo que lleva a desarrollar enfermedades como la obesidad, gastritis, hipertensión, diabetes y más enfermedades.

Por lo anterior es que muchos elementos de la policía no aprueban los llamados exámenes de confianza, al no estar aptos físicamente para hacer el trabajo, misma labor que los lleva a estar enfermos.

Critica que al policía se le use para todo, a hacerla de bombero, rescatista, guía de tránsito, cosa que desgasta su capacidad, además de que la actual situación de derechos humanos hace que los delincuentes tengan más derechos que los elementos de seguridad.

La familia es impactada por la actividad del padre, pues los horarios no se prestan para la convivencia. Comenta que si la esposa es paciente, la familia soportará el tren de vida sin la presencia paterna constante, pero la ausencia y el puesto del padre pueden llevar a los hijos a creerse poderosos e impunes y a descarriarse.

Concluye que sus anteriores jefes le agradecen el reconocimiento que hace de ellos ahora que terminó, así como quienes estuvieron bajos sus órdenes ahora le demuestran aprecio y respeto.

“Siempre lo he dicho, desde que entré: el decálogo del policía, en su último punto dice: ‘Profundamente orgulloso de ser un buen policía’. A mí lo único que me queda es ser profundamente orgulloso de haber sido un buen policía. Considero que fui un buen policía; mi familia así lo dice y me siento satisfecho porque mis hijos están satisfechos de mí”, finaliza.

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