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Crónica de un secuestro al azar (parte 3)

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Fabio Mendoza EDG

Tras la fuga de la mayor parte del grupo de secuestrados, en el cuarto de la casa de seguridad quedaron tres personas: un indigente enfermo de sus facultades mentales que por hablar sin parar fue golpeado por los sicarios “de manera salvaje”, y dos muchachos más que no quisieron adherirse al plan de escape.

“Del indigente no sé qué pasó; a los otros dos sí los mataron. Aparecieron dos días después con un balazo en la cabeza”.

Cuatro personas acompañaron a Manuel en su propia ruta de escape, mismos que le ayudaron a saltar una barda que los ponía en territorio seguro. Su primo corrió con rumbo diferente, y pese a que se encontró de frente con los sicarios, quienes ya se habían dado cuenta de la fuga y les buscaban, no lo reconocieron y pudo concretar con éxito su huida.

Manuel y los demás no tenían ni idea de dónde habían sido llevados, pero la ayuda providencial del perifoneo de un circo los ayudó a ubicarse, pues a todo volumen decía el nombre del pueblucho donde estaba la casa de seguridad. Uno de los cautivos resultó ser un repartidor de agua que conocía la zona, y después de conocer el nombre del poblado ayudó a los demás a saber en dónde se encontraban.

Por iniciativa de Manuel, buscaron a quien pasaba por autoridad del pueblo y a la policía. Pero sólo Manuel llegó con él, pues los otros lo dejaron solo al seguir distintos rumbos. El funcionario apenas atinó a darle una moneda para ayudarlo a hablar por teléfono para pedir auxilio, gran solución de no haber mediado la circunstancia de que no había teléfonos de monedas. Pidió auxilio en varios domicilios más, hasta que finalmente alguien pudo prestarle un teléfono.

En casa de Manuel no contestaron su llamada, pero con otros familiares sí, y fueron ellos quienes dieron aviso a la policía sobre su paradero. En poco tiempo el pueblo estaba lleno de agentes policiales. Cuenta Manuel que, tras algunas indagatorias con los vecinos (a quienes él consideró cómplices de los sicarios, porque pese a los gritos de los secuestrados al recibir golpes y torturas nadie hizo nada por ayudarlos), una mujer fue hallada sospechosa y, tras interrogatorios, resultó ser la tía de la encargada de llevarles las galletas para comer. Esa mujer pronto fue detenida.

Los policías preguntaron exclusivamente por Manuel y por su primo, pues nadie llamó tratando de localizar a los demás rehenes. Había una razón para ello: la mayoría resultaron ser malandrines en sus localidades de origen, e incluso fueron reconocidos por los policías, pues en varias ocasiones los habían detenido y ahora los rescataron de las garras de los sicarios encargados de ejecutarlos. Manuel fue cuestionado sobre él también era delincuente, y su seca negativa hizo que la policía se dejara de dudar de su honorabilidad.

Los sicarios secuestradores fueron detenidos en los días siguientes a la fuga. El uso de las tarjetas de Manuel durante los días que duró el plagio ayudó a incriminarlos. La presión de la familia de Manuel movilizó a los cuerpos policíacos.

Lamenta Manuel que los investigadores no fuesen de inmediato a la casa donde lo tuvieron secuestrado, pues tal vez habrían alcanzado a salvar a los muchachos que luego aparecieron muertos. La banda completa de sicarios fue encarcelada en pocos días.

En cuanto a la ayuda gubernamental después del rapto, Manuel resalta que brilló por su ausencia. Le prometieron apoyo psicológico, mismo que no se le dio, y tuvo que pagar de su bolsillo las sesiones que le ayudan un poco a curar los daños que le causaron esos que casi lo matan. Manuel dice: “Ahora estoy bien, un poco paranoico a veces, con un poco de temor…” Dice que, a la fecha, nadie del gobierno se ha preocupado por preguntarle si aún necesita un psicólogo.

Manuel concluye: “Fue una cosa muy cabrona. No quisiera que volviera yo a pasar por eso. No se lo deseo a nadie. De eso ya no te curas, quedas con esos resentimientos. Te quedas con el miedo, te quedas dolido con la sociedad, la verdad. No te explicas por qué hay cosas de esas; por qué la gente no se pone a chambear. A mí, que me vayan a pedir trabajo y les doy algo. Que no anden con esas chingaderas”.

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